Un cargo, por favor

Aquí todo el mundo se derrite por un cargo. Se descacharra. Una presidencia, una secretaría general, una vicepresidencia… Algo. De lo que sea, es igual. Lo importante es tener un cargo. Aunque sea de una comunidad de vecinos. Como en la serie de la tele. Como el Sr. Cuesta –el presidente de esta nuestra comunidad- y su eterno rival, el Sr. Recio, mayorista de mariscos.

Y es que un cargo viste mucho. Da empaque, señorío. Caché. Que ponga en tu tarjeta de visita fulano de tal, presidente-de-algo, es la leche. Mucho más –dónde va a parar– que director gerente de la empresa menganita. Eso suena a currante. A trabajo. El cargo es algo mucho más sonoro y contundente. Algo inconfundiblemente “democrático”: asociaciones –de lo que sea–, oenegés, plataformas ciudadanas, sindicatos. Liberados.

Todo muy representativo, pero ajeno a dar el callo. Por eso la gente se pirra por uno. Otra cosa es si es necesario o cómo se desempeña; si sirve para algo. De hecho, eso no tiene la menor importancia. Lo que mola es que se te reconozca. Por ejemplo: cedo la palabra al Sr. presidente; con ustedes nuestro secretario general; huy, cuánto lo siento, caballero, pero el Sr. vicepresidente está ocupado… Como dicen los jóvenes y jóvenas, todo eso mola mazo.

Detrás de todo está la erótica del poder, claro. Porque un cargo de éstos mejora la autoestima una barbaridad. Sube la libido. Abre puertas. Incluso te hace más guapo, más alto y más inteligente. Y no es de extrañar porque, en contra de lo que pudiera parecer, España es un país muy monárquico: muchos de los que suspiran por un cargo, lo que en realidad les gustaría es ser rey. O sea, mirar desde arriba a los demás. Tener vasallos. Pensar: ahora te jodes que yo soy el rey y tú mi súbdito, carajo. No me negaran que, vista así, la cosa no tiene su puntito. De ahí el dicho: detrás de cada español hay un rey. Pero no por excelencia personal, por nobleza. Por mérito, capacidad o altruismo. Todo lo contrario: por puñetera envidia al prójimo y la prójima. Por joder, vamos.

Lamentablemente –para ellos– es muy difícil que haya más de un rey por país. De hecho ya es una extravagancia que haya uno. Fíjense si no la que se lió en el Vaticano por la renuncia del Papa Benedicto XVI. Algo sólo posible –la renuncia digo– en un reino espiritual; o en países impíos, como Holanda, pero de larga tradición democrática. Eso por no hablar de lo nuestro, claro. Antes de la crisis económica a los aspirantes plebeyos a trono les quedaba la esperanza, remota, de llegar a ser reyes del petróleo, del rock’rol o de las esmeraldas. Por ejemplo. O del pollo frito, como Ramoncín. Ahora, ni eso. Aunque, bien visto, esos serían títulos ganados a pulso, currando. Nada que ver con el dedazo imprescindible en la designación de cargos de los que hablo, con su inconfundible tufo político, demagógico-democrático.

Con estos mimbres no es de extrañar el arraigo que tiene la dedocracia entre nosotros. Y eso, naturalmente, sin contar los profesionales del chollo. Los electos, digo: los presuntamente legitimados por las urnas. Los políticos. Una casta endogámica; una plaga en el nuevo reino de taifas que es la España plurinacional y multiautonómica: presidentes, vicepresidentes primeros, y segundos, y terceros; consejeros, vice consejeros, delegados… Y su cohorte áulica de asesores, directores, fedatarios, jefes de gabinete, de prensa, de protocolo: el dedazo. Pues eso, cargos para todos.

Autor

Antonio Cabrera

Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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