Los enfermos mentales: unos españoles que no importan a nadie

¿Para cuándo un «Aquarius» para el enfermo mental en España?

Olvidados por todos. Socialmente invisibles. Inexistentes. Más desamparados, más dependientes, más aislados, más vulnerables, más indefensos, más necesitados que nadie.

¿Para cuándo un "Aquarius" para el enfermo mental en España?
Habitación del área psiquiátrica del Hospital Clínico San Carlos, en Madrid

En estos días, todos los medios políticos y de comunicación –perdonen la redundancia- han «visibilizado» hasta la extenuación el drama de los inmigrantes del Aquarius. Que no les falte de nada, ordenó Sánchez el Solidario, flamante inquilino de la Moncloa. En consecuencia, ingentes medios técnicos y humanos se pusieron en marcha.

A tal fin, la Comunidad de Valencia, como puerto de arribada, fue la encargada del diseño de la operación cuasi militar «Esperanza del Mediterráneo». A su rebufo, Cruz Roja, Médicos sin fronteras, la Armada, Ministerio del Interior, Guardia Civil, Policía Nacional y Local, Protección Civil y un larguísimo etcétera de voluntarios y organizaciones políticamente correctas, incluida la Santa Madre Iglesia y el padre Ángel, se sumaron a la empresa de acoger en el puerto de Valencia a los 629 emigrantes del Aquarius -y sus dos buques de acompañamiento-, y proporcionarles todo lo necesario. Desde ropa y alimentos a cuidados médicos. Desde intérpretes y abogados, a psicólogos y amor fraterno. Luego vendrá todo lo demás, incluido el futuro monumento al inmigrante de Manuela Carmena.

Paradójicamente, frente a este grandioso derroche de solidaridad, miles de seres humanos en peligro vital, españoles por más señas, no importan a nadie. Olvidados por todos. Socialmente invisibles. Inexistentes. Me refiero a los enfermos mentales. Y ello pese a ser infinitamente más pobres que el más pobre de los inmigrantes del Aquarius. Seres humanos que, por no tener, no se tienen ni a sí mismos. Más desamparados, más dependientes, más aislados, más vulnerables, más indefensos, más necesitados que nadie. Más dolientes.

Seres humanos marginados –a veces hasta por su propia familia-, privados de su dignidad humana. Personas que sobreviven en condiciones infrahumanas, tratados peor que muchas mascotas. Apestados sociales como en otro tiempo lo fueron los leprosos o las víctimas de los campos de exterminio soviéticos y nazis.

No exagero, aunque como tantas cosas terribles pueda resultar increíble para algunos. Un ejemplo entre tantos: ala psiquiátrica del hospital Clínico San Carlos (Madrid). Segunda planta Norte. Si comparamos los recursos básicos hospitalarios del enfermo psiquiátrico con los que disfruta cualquier otro enfermo de este -magnífico en otros aspectos- hospital público, la diferencia es abismal.

Para empezar, las habitaciones del ala psiquiátrica son auténticas celdas. Peores que las de cualquier cárcel española. Frente a las magníficas camas anatómicas y articuladas, con control electrónico y barandillas de seguridad, del resto del hospital Clínico, las del área psiquiátrica son miserables catres, pequeños y destartalados. Confort cero. Todo en bien de los enfermos, claro. No vaya a ser que el «loco» toque los botones. Y eso, aunque algunos permanezcan atados al catre por la cintura, tobillos y muñecas desde el atardecer, tras la temprana cena, hasta el día siguiente. Todo por su bien, naturalmente.

Cualquier habitación del Clínico San Carlos, salvo las del ala de psiquiatría, tiene dos juegos de luces en el cabecero de la cama, además de la iluminación del techo y luces de cortesía para no dejar la habitación totalmente a oscuras por la noche, todas controlables con un mando desde la cama. Por el contrario, el enfermo psiquiátrico, con frecuente pánico a la oscuridad, no tiene nada de eso. Una luz en el techo controlable únicamente desde fuera, y punto. Mejor que no se levante por la noche, si es que no está maniatado a la cama. Desorientado, tiene grandes posibilidades de caerse y que nadie lo recoja hasta el día siguiente.

Tampoco dispone en la cabecera de su cama de los habituales accesorios clínicos de cualquier otra habitación del hospital (oxígeno, aerosoles, etc.). Por su seguridad, faltaría más. Tampoco televisión, ni teléfono. Un «loco» no necesita distraerse, ni acompañar su soledad, ni hablar con su familia. Ni siquiera dispone de un timbre para comunicarse con el control de enfermería si se encuentra mal o necesita ayuda. Estaría bueno que el «interno» se entretuviera en tocar el timbre y molestara al personal. Que se duerma (suele estar fuertemente medicado) y no joda. Y eso teniendo en cuenta, además, que siempre está solo pues a ninguno se le permite que tenga acompañante. Sólo visitas (máximo dos personas)de 16.00 a 18.00 horas, previo exhaustivo y carcelario control de acceso y registro de bolsas de los visitantes por el celador de turno. Como si fueran delincuentes.

Su cuarto de baño es medieval. Ni toallero, ni portarrollos de papel higiénico, ni jabón, ni plato de ducha. El váter, un artilugio de metal, sin tapa y en forma de embudo. El lavabo, otro pequeño y extraño instrumento a juego con el váter, con un grifo con pulsador. Sólo agua fría. La ducha se reduce a una alcachofa fija cerca del techo y a un sumidero en el suelo. Eso es todo.

El resto de las «prestaciones» para el enfermo mental en el hospital Clínico San Carlos brillan a la misma altura. Su vestimenta, de calle -caso insólito en todo el hospital- contrasta con la impoluta uniformidad de médicos y personal de enfermería. Del lavado de su ropa se debe ocupar la familia.

Nada de comidas en su «habitación». Para comer se le agrupa con el resto de enfermos en una sala común de estar/comedor donde los «internos» -muchos ancianos-, deambulan a su aire, con aspecto de muertos vivientes.

Sobre la limpieza ¿diaria? de la habitación y el cuarto de baño, así como el arreglo y cambio de ropa de cama y toallas, la realidad de los hechos, en ausencia de pruebas concluyentes, aporta perspectivas inquietantes. Como colofón, un espeso manto de silencio se extiende sobre el diagnóstico y tratamiento médico del enfermo mental cuando la familia solicita información.

Ante este trato inhumano y degradante, indigno y discriminatorio, producto de la secular desidia y el abandono criminal del enfermo psiquiátrico en España por políticos demagogos, oportunistas y ruines -con la complicidad de las instituciones sanitarias responsables y el silencio cobarde de la mayoría de los medios de comunicación-, el enfermo mental necesita imperiosamente, por justicia y humanidad, un Aquarius mediático que movilice conciencias que lo salven del imperecedero infierno en el que agoniza desde siempre.

Si no reaccionamos y no lo rescatamos, todos seremos culpables. Tanto como quien ve a alguien ahogarse en el mar y mira hacia otro lado.

Autor

Antonio Cabrera

Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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