La mantis religiosa

Una subespecie de hembra del género humano, no sé hasta qué punto religiosa, pero desde luego mucho más astuta, feroz y despiadada que su homónima de la entomología.

La mantis religiosa

Sí, ya saben. Ese bicho verde, de ojos compuestos y saltones, en plan Alien, que se come al macho inmediatamente después de beneficiárselo por eso de las proteínas, parir huevos gordos y lustrosos y la supervivencia de la especie. Una excusa científica. Para mí que el verdadero motivo de la mantis para jalarse vivo al padre de sus hijos es que es una perfecta hija de puta. Algo que se lleva en los genes. O sea.

Pero yo quiero hablarles hoy de otra especie de mantis religiosa: la humana. Una subespecie de hembra del género humano –obsérvese la sutil utilización del sustantivo género para englobar ambos sexos, masculino y femenino– no sé hasta qué punto religiosa, pero desde luego mucho más astuta, feroz y despiadada que su homónima de la entomología.

Porque ésta –la humana- no devora al macho tras la cópula y ya está, adiós mundo cruel, fue bueno mientras duró, se acabó lo que se daba.

Es mucho peor, la tía. Ésta, tras su apareamiento, tiene los santos ovarios de vampirizar al incauto padre de sus hijos –un honrado currante que desde lo del himeneo se ha dejado los cuernos trabajando para sacar adelante a sus hijos, y a la mantis que los parió– hasta que los retoños, bien criados y rollizos, alcanzan la categoría de JASP, Joven Aunque Sobradamente Preparado: licenciado en ciencias empresariales o ingeniero de telecomunicaciones, pongamos por caso. Es entonces, y sólo entonces –25 ó 30 años después de la coyunda– una vez que nuestra mantis ve satisfechas sus necesidades proteicas y las de sus hijos –y a su partenaire poco apto ya para otros menesteres– cuando lo trinca por el cuello y lo despedaza. O sea, que se queda con todo, le pega la patada y lo pone en la puta calle, con una mano delante y otra detrás, en plan mono desnudo. Que te lave los gayumbos tu madre –le dice–. Y se divorcia alegando maltrato psicológico.

Esa es la cosa. Con la particularidad de que la mantis verde y de mirada asesina antes de merendarse al macho se lo curra como él. O sea que va de predadora, caza y comparte proteínas con su chorbo, etcétera. Sin embargo la otra, ahí me las den todas, lo primero que hace al casarse es quitarse de en medio laboralmente hablando, encantada de que su cuchi-cuchi la retire del curro. Si lo tiene. Por aquello de la educación y cuidado de los hijos, tan tradicional ella. Opción muy valiosa y respetable –incluso recomendable, a veces–. Lo que no vale es que quiera estar en misa y repicando. O todas putas o todas monjas que decía María Antonia Iglesias cuando se le hinchaba la vena. O sea, muy ama de casa, muy sacrificada madre de familia y tal, pero el niño –como mucho la parejita– en la guardería, o con la tata que yo he quedado con Mari Puri y me voy al Corte Inglés. Y luego a la pelu. Por ejemplo. Y eso de la cocina poco, que da mucho trabajo y es una lata. Y hoy no, que he tenido un día horrible y me duele la cabeza. Y en ese plan veinticinco años, a ver si ganas más dinero Juan, que no nos llega.

En fin. Pero lo más sórdido del asunto es cómo argumenta nuestra mantis su demanda de divorcio, acusando a un aturdido y cándido Juan –que no acaba de creerse lo que le está pasando– de ser un redomado maltratador y un machista de tomo y lomo. Ahora resulta que nuestra astuta predadora, transformada de repente en feminista radical, no dejó voluntariamente de trabajar al casarse sino que tuvo que hacerlo porque se lo prohibió el infeliz de Juan, un machista violento que la quería con la pata quebrada y en casa –explica la arpía en su demanda–. Además me lleva maltratando 25 años –insiste taimada–. Fíjese si es machista y maltratador –refiere entre sollozos a Su Señoría– que no quería que fuera a ver a mi pobre madre, enferma de Altzheimer, cuando entre mis cuatro hermanos y yo decidimos ingresarla -por su bien, claro- en una residencia de ancianos. Y así es como nuestra mantis, con auxilio judicial y la inefable ley de medidas contra la violencia machista, acaba de devorar al padre de sus hijos.

Y ahora, visto lo visto, ya me dirán ustedes cuál de las dos mantis es más hija de puta.

Autor

Antonio Cabrera

Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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Colaborador y columista en diversos medios de prensa, es autor de numerosos estudios cuantitativos para la Dirección General de Armamento y Material (DGAM) y la Secretaría de Estado de la Defensa (SEDEF) en el marco del Comercio Exterior de Material de Defensa y Tecnologías de Doble Uso y de las Relaciones Bilaterales con EE.UU., así como con diferentes paises iberoamericanos y europeos elaborando informes de índole estratégica, científico-técnica, económica, demográfica y social.

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