El blog de Otramotro

Ángel Sáez García

Por los dos solos besos que me diste

POR LOS DOS SOLOS BESOS QUE ME DISTE

Amada Pilar:

Quizá te preguntes por qué no dejo de escribirte. Quizá te extrañe leer mi respuesta, porque no puedo dejar de amarte. Hoy he encontrado motivo para hacerlo en estos renglones cabales que ayer juntó en un único párrafo y me envió mi amigo íntimo y heterónimo Emilio González, “Metomentodo”, a una de mis direcciones de correo electrónico, hoy he leído y dicen así:

“A lo largo y a lo ancho de la Historia, en esta, en esa y/o en aquella parte del orbe, la que fuera, ha habido un sinfín de famosos fracasos amorosos. Algunos de los mayores ocurrieron por simples memeces o tonterías, por ejemplo, un rumor, que luego nadie jamás confirmó; otros de los tales tuvieron como causa desencadenante no el rencor, no, como tal vez pudiera colegirse o deducirse, sino, ora un malentendido, ora la indiferencia. Quienes sufrieron los rigores de esos desastres íntimos, que acaso acarrearon durante el resto o una buena parte del resto de sus respectivas vidas, fueron, asimismo, sin ninguna duda, sus responsables directos, o sea, las personas que cortaron el cordón de plata que mantenía unidos a los amantes, las que se conformaron con el hecho en sí sin formular objeción, las que no levantaron un solo dedo para que esa realidad injusta cambiara, pues no dijeron ni mu, las que no se rebelaron ante semejante atropello o tropelía,…”.

Has celebrado este mes (aunque lo publico hoy en mi blog, escribí esto en mayo) más de sesenta años. ¿Qué se siente cuando una se sienta a reflexionar al respecto? Porque te consta que hay muchas/os que superan en su existencia las seis décadas, pero también que otras/os muchas/os, por distintas causas, motivos o razones, no lo logran. A mí la edad que tienes me parece la mejor. Había escrito, al principio, buena, pero la he corregido, por ser más justa y excelente la que aparece, tras la enmienda, en su lugar. Con un año menos te conocí; di contigo por azar (o porque intermedió el destino o sino) en un puerto con cruz, en el Puerto de la Cruz. ¿Puede que la causalidad de dicho hecho quepa hallarla en la casualidad? Puede, puede. ¿Puede que en esa cruz/Cruz alguien más vea lo que veo, un hito crucial? Puede, puede.

Todas las edades de los seres humanos, todas, sin excepción, son buenas, porque eso significa, quiere decir o denota que están vivos. Solo quien está vivo y es consciente de que lo está es capaz de asimilar algo la víspera de su fallecimiento, aunque aquello que consiga aprender, barruntar, intuir o sospechar (¡oh, qué fatalidad!) sea que apenas le quedan unas horas entre los vivos, que la llama de su existir se apaga, que llega sin remisión su final.

Los más de sesenta años que tienes me parecen estupendos por dos razones de peso, porque tuve la suerte de conocerte (y le doy las gracias a Dios por ello —asumo que es una de las varias incongruencias que acarrea este incoherente ateo que es servidor—) a esa edad tuya, y a mí me fue concedida la gracia y el honor de poder conocerte a esa edad mía y no, por ejemplo, el día previo a mi muerte.

Como has vivido más que yo, eres un pozo mayor de sabiduría. Como he aprendido de ti, sé que puedo seguir haciéndolo si te frecuento a diario. Como me he divertido un montón a tu lado, colijo o conjeturo otro tanto, lo mismo.

Hoy, durante la siesta, he soñado que, tras dar un paseo largo contigo, en el que manteníamos una conversación interesante, hemos llegado a casa, donde hemos seguido dándole a la mui o sin hueso, sentados en el sofá del salón. Rendidos, nos hemos quedado dormidos, agarrados de la mano, por donde, al parecer, seguían circulando o trasvasándose ahora nuestros pensamientos y sentimientos, durante el tiempo que hemos permanecido adormilados en los blandos brazos de Hipnos o Morfeo.

Aunque tu constitución física parece débil, endeble, eres fuerte de carácter, y valiente, pues has demostrado que has sido capaz de dar esquinazo o doblar el brazo varias veces al miedo.

Eres consciente de que tienes límites, porque has intentado confraternizar con ellos, para entenderlos, pero algunos nunca los has superado.

Me siento orgulloso de haberte escuchado con atención, de haber gozado la dicha de mirarte a los ojos y poder ver alrededor de sus niñas o pupilas, en las coronas de tus iris y a través de ellos un lago azul y un estanque dorado de abc, aguas benéficas, calmantes.

El mundo es magnífico cuando puedes mirar y escuchar con más ojos y oídos que los tuyos, cuando descubres y compartes, ora tesoros escondidos, ora silencios pletóricos, con quien amas y, sobre todo, si quien amas se llama Pilar y ella es el ídem más importante de tu edificio existencial.

Han sido varios los amigos, lectores habituales, que me han preguntado por qué te sigo amando tanto, aun sin verte ni oírte. A todos les he contestado, poco más o menos, lo mismo, esto: porque aún duran los dos solos besos diuturnos que me dio en las mejillas. Si te he llegado a amar tanto por esos dos solos besos, cuando te despediste, ¿se imaginan cuánto te amaré cuando esos ósculos devengan morreos y haya más intimidad de la buena de por medio?

Ángel Sáez García
angelsaez.otramotro@gmail.com

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Ángel Sáez García

Ángel Sáez García (Tudela, 30 de marzo de 1962), comenzó a estudiar Medicina, pero terminó licenciándose en Filosofía y Letras (Filología Hispánica), por la Universidad de Zaragoza.

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