La historia, los secretos, los vicios y las virtudes de los corresponsales

REPORTERO DE GUERRA: La tía Flora tiene laringitis (XL)

El periodista que dio la exclusiva mundial de que Franco se había alzado contra la República

REPORTERO DE GUERRA: La tía Flora tiene laringitis (XL)

Por Alfonso Rojo

Durante la I Guerra Mundial, los estadounidenses, mucho más insumisos por naturaleza que sus educados primos británicos, tenían a gala burlar la censura y solían desplazarse a las zonas calientes con códigos secretos que les permitían comunicar con sus redacciones.

Se trata de un hábito muy arraigado entre los profesionales previsores y a partir de la gran carniceria de la trincheras, se convirtió casi en una costumbre entre los veteranos de esta profesión tan apasionante y desventurada.

El 17 de julio de 1936, Lester Ziffren envió desde su despacho madrileño un largo mensaje que comenzaba así:

«Mothers everlastingly lingering illnes likely laryngitis, aunt Flora ought return even if goes north later…»

En la oficina londinense de la United Press International hubo quien se quedó de piedra.

El operador estuvo un buen rato rezongando. Le importaba un comino que la persistente enfermedad de la madre de Ziffren fuera laringitis o que su tía Flora tuviera que volver al norte.

Hasta que no apareció el redactor jefe no se aclaró que aquello era un aviso secreto. Se descifraba tomando la primera letra de cada palabra: «Melilla Foreign Legion revolted martial law declared…»

El general Franco en sus tiempos en Marruecos.

De esta manera, Ziffren notificó furtivamente a su agencia que el general Francisco Franco, al mando de la Legión, se había rebelado contra Manuel Azaña y el gobierno de la II Republica Española. Se dice que la fuente de su gran exclusiva fue un aristócrata.

Ziffren murió, paradójicamente, un mes de noviembre, el de 2007 y en la cama como Franco, aunque no en un hospital público sino en su piso neoyorquino. Tenía 101 años.

Cuando Ziffren llegó a la Península Ibérica tres años antes de 1936 lo había hecho convencido de aterrizar en un destino tranquilo, en el que pasar sus días bebiendo manzanilla y hablando de toros con Ernest Hemingway.

La convulsa España de la época haría que no tuviera un minuto de descanso desde que tomó posesión de la oficina de United Press en Madrid.

Ziffren siguió informando de cada paso que tomaba la guerra desde el levantamiento del 17 de julio en el que las tropas del Ejército al mando de Franco se rebelaron en Melilla, hasta que el Gobierno republicano salió huyendo de Madrid y se trasladó a Valencia.

En ese momento y por miedo a represalias, salío a toda prisa de España y cuando le preguntaron cómo se había atrevido a asumir tantos riesgos burlando los servicios de inteligencia de Franco, contestó:

«No podía dejar escapar esta historia por nada del mundo. ¿Para qué si no ser periodista?».

CLAVES SECRETAS EN BAGDAD

Casi 55 años después, en enero de 1991, un truco similar sirvió al reportero de la Cadena CBS para enterarse con tres horas de anticipación de que los aliados iban a iniciar el bombardeo de Bagdad.

Antes de abandonar Washington camino de Iraq, Larry Doyle se había preocupado de urdir un pacto con los corresponsales de su televisión en el Pentágono.

En cuanto tuvieran la certeza de que la Casa Blanca había dado la orden de ataque, le filtrarían un mensaje cifrado.

La frase clave era: «Tu mujer y tu familia están bien, pero tus hijos han cogido la gripe.»

La noche del 17 de enero yo estaba por casualidad en la habitación 504 del hotel Rachid de Bagdad conversando con Richard Beeston, corresponsal infatigable del Times en el Próximo Oriente que falleció en 2014, cuando vimos a Doyle pegar un respingo.

El americano soltó la lata de cerveza, hizo gestos con la mano para acallar al equipo, dio las gracias por el auricular con voz temblona y colgó el teléfono.

«¡Muchachos!»

El desastrado reportero de la CBS hizo una larga pausa, consciente de que la concurrencia estaba pendiente de él.

«En tres horas tendremos aquí a los aviones; manos a la obra; hay que salir corriendo!»

Tres pisos mas arriba, en la habitación 828, hacía ya largo rato que la mayor parte de los veinticinco periodistas españoles destacados en Iraq discutían acaloradamente sobre qué hacer en las próximas horas.

Cuando entré en el cuarto -en realidad una suite alquilada por el equipo de TVE-, alguien relataba la conversación mantenida esa tarde con el portavoz de Presidencia. Gobernaba en España el socialista Felipe González.

En medio del bullicio, sonó el teléfono y brotó al otro extremo del hilo la inconfundible voz de Jordi García Candau, director general de Radiotelevisión Española.

Jordi, como antes el portavoz de Presidencia y los directores de los principales medios informativos españoles, nos instó a salir urgentemente de la ciudad, con la sombría advertencia de que se avecinaba un cataclismo militar sin precedentes.

Yo, como todos los presentes, aproveché para telefonear a Madrid. En la redacción de ‘El Mundo’ apenas quedaban jefes. Hablé con Juan Carlos Laviana, y el asturiano, que en aquel entonces coordinaba la redacción, se limitó a aconsejarme prudencia.

«Pedrojota ha dicho que hagas lo que te parezca».

Ese mensaje, con el que Pedrojota se tapaba el culo y el diario se eximía de toda responsabilidad, pero a la vez me dejaba vía libre, demuestra que en ‘El Mundo’, a diferencia de lo que ocurrió en el resto de los grandes medios de comunicación españoles, se entendía entonces lo que es el periodismo y lo importante que es el criterio de tu hombre sobre el terreno.

Decidí quedarme, aunque todos se manifestaron tajantemente en favor de levantar el campo.

LA JAQUECA DEL GENERAL

Mirando hacia atrás, después de todo lo que ha sucedido, me sorprende con qué poco temor y nula aprensión escogí aquel camino.

Necesité probablemente unos tres segundos, la veinteava parte de un minuto, para decidirlo en medio del barullo de la habitación.

No intuí la importancia de mi resolución; no podía darme cuenta de que en las próximas horas iban a suceder una serie de acontecimientos que alterarían para siempre mi vida profesional, tanto o más que aquel salto del camión de la Guardia Nacional somocista que dí en 1979.

La disyuntiva me parecía tan clara e inequívoca que lo único que me turbó fue la indecisión, la desbandada general y el temor de los otros.

Hubo un momento fastidioso al mediodía siguiente, cuando se arremolinaban tres centenares de periodistas en el aparcamiento del Hotel Rachid y empezaron a partir vehículos hacia la frontera.

Mis colegas corrían hacia los coches apretándose unos contra otros, con miedo pero con la dignidad fingida de los oficinistas que intentan encaramarse al vagón de Metro en el ultimo segundo y empujan disimuladamente.

Me despedí cordialmente de los españoles, pero a esa hora ya había tanta distancia entre nosotros que parecíamos estar en planetas diferentes.

‘El Mundo’ de Pedrojota fue el único medio escrito del planeta que tuvo un corresponsal en Iraq durante todo el conflicto (El jefe de pista y el acróbata).

Normalmente, el mero accidente de poseer pasaporte estadounidense supone una considerable ventaja, pero en Iraq jugó claramente en contra de los periodistas de esa nacionalidad, al igual que les sucedió a los británicos y por contra fue determinante a mi favor el hecho de ser español.

El 19 de enero de 1991, cuarenta y ocho horas después de iniciada la guerra, los funcionarios iraquíes recibieron la orden de deshacerse de la veintena de periodistas extranjeros que seguíamos en Bagdad.

El grupo grande, aproximadamente trescientos -incluidos veinticuatro españoles-, había huído a toda prisa dos días antes.

Era evidente que los bigotudos empleados de Saddam Hussein solo iban a permitir quedarse a Peter Arnett, pero bastó esgrimir jovialmente mi condición de español y apelar a los «lazos históricos» entre árabes e hispanos para que el director de Información, Nadji Sabri Hadizi -antiguo profesor de Literatura inglesa en la Universidad de Bagdad y por lo que se descubrió años después también informante de la CIA-, aceptara prorrogar mi estancia veinticuatro horas, que terminaron convirtiéndose en 55 días.

En medio del bombardeo, y bajo el ojo vigilante de la policía secreta de Saddam, era intrincado recolectar fuentes de información, pero Fidel Castro había decidido mantener en el país a unas docenas de médicos, enfermeras y diplomáticos, y los cubanos veían muchas cosas.

Todavía resultó mas útil el coronel Viktor Pazaluk, consejero militar de la embajada soviética, que había servido en Afganistán junto al fotógrafo Igor Mihalev, desde entonces mi mejor amigo, hermano de correrías profesionales por medio mundo y autor de las primeras fotos del bombardeo de Bagdad.

Pazaluk fue quien me reveló -en exclusiva mundial- que la supuesta fabrica de leche infantil destruida por los misiles aliados era en realidad un centro de investigación nuclear. El coronel había medido la radiación con un contador Geiger, que coló de matute durante una vista anterior a la que los sicarios del sátrapa me montarón a mi y a un puñado de periodistas extranjeros.

Además, en Iraq hay una comunidad de un millón de cristianos que habla arameo como hacia Jesucristo.

Dio la casualidad de que el hombre del Papa en Bagdad era polaco, dominaba perfectamente el castellano y se sentía encantado de recibir en la Nunciatura. Se llamaba Marian Oles y a través de él supe que el ejército iraquí se desplomaba en el frente sur y que los soldados desertaban a miles de las trincheras.

Poco después de capitular, en pleno desbarajuste ocasionado por la rebelión simultánea de los chiitas del sur y los kurdos del norte, Saddam Hussein nos expulsó hacia Jordania, y fueron los reporteros ubicados en Arabia Saudí los que quedaron dueños de la noticia o del bulo. En el terreno no quedó nadie.

REVOLUCIÓN EN ALEMANIA

En la Primera Guerra Mundial, tras la firma del armisticio el 11 de noviembre de 1918, comenzaron a circular rumores sobre el inicio de una revolución en Alemania, impulsada por comunas de obreros y soldados.

La confusión era inaudita, pero la mayor parte de los prudentes corresponsales británicos y franceses permanecieron al oeste del rio Rin, retratándose unos a otros.

El contraste digno lo aportaron cinco reporteros norteamericanos que, desafiando la normativa oficial, se adentraron en Alemania, llegaron a Frankfurt y se plantaron en el cuartel general del mariscal Paul von Hindenburg.

Al advertir que el general Wilhelm Groener, jefe de gabinete del mariscal, tenia la cabeza vendada, uno de ellos pregunto en alemán si había sido herido, a lo que el militar respondió:

«No, simplemente acabo de perder una guerra mundial y eso me ha dado jaqueca.»

En marzo de 1991, el derrotado Saddam Hussein ni siquiera sintió un ligero dolor de cabeza al enviar a sus generales a una tienda del desierto para firmar la rendición ante el general Norman Schwarzkopf: se limitó a proclamar una aplastante victoria sobre los enemigos de Alá.

Millán Astray: "El Novio de la Muerte"PD

Te puede interesar

Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

Recibe nuestras noticias en tu correo

Lo más leído