El A,B,C… de un golpe de Estado (IV)

El A,B,C... de un golpe de Estado (IV)
Rusia, octubre de 1917, los bolcheviques y el golpe de Estado leninista. EP

Lo más destacable del golpe de Estado del 19 de agosto de 1991 no fue que tuviera lugar.

A fin de cuentas, la toma del poder en la URSS y los cambios en la cúpula comunista rara vez han sido algo democrático o pacífico y los anales de la vieja Rusia está repleta de complots, derrocamientos, impostores y asesinatos.

Lo que de verdad resultó llamativo en la intentona fue que fracasara tan lamentablemente.

En la conjura no sólo estaban implicados personajes situados en las más altas jerarquías del Estado, como el vicepresidente Gennady Yanaev o el primer ministro Valentín Paulov.

El vicepresidente golpista Gennady Yanaev con Mijail Gorbachov.

También participaban los máximos responsables de las fuerzas más poderosas de la nación: el mariscal Yazov, comandante del invencible Ejército Rojo, el ministro del Interior Boris Pugo, jefe de la omnipresente Policía, y el general Vladimir Kriuchkov, director del diabólico KGB.

En cualquier país de África, Medio Oriente o América Latina, una conspiración de ese calado habría ganado la partida en unas horas y controlado los engranajes de la nación, sin dejar el mínimo resquicio a la resistencia.

Basta un breve repaso de la historia reciente del mundo para comprobar que en otras latitutes no hace falta siquiera implicar a tanta gente notable. Basta un puñado de coroneles un poco bestias y decididos a actuar.

Probablemente nunca se resolverán todos los enigmas que rodean el putsch. Hay muchas incógnitas: ¿Se traicionaron entre ellos los implicados?, ¿fue un montaje para forzar a los duros del aparato comunista a descubrir sus cartas antes de tiempo?, ¿sabía Mijail Gorbachov lo que se avecinaba?

Al margen de cuales fueran los objetivos reales de Kriuchkov, Yanaev, Pugo, Yazov y sus cómplices, el golpe catapultó hacia la cima del poder a  Boris Yeltsin y aceleró el declive de Gorbachov.

Es posible que algunas claves, como en tantos otros episodios de la historia rusa y soviética, permanezcan para siempre en el misterio, pero a la luz de los resultados y del desarrollo de los acontecimientos, una conclusión indiscutible es que los golpistas eran una panda de absolutos incompetentes.

Tenían el cerebro tan anquilosado, como la trasnochada dictadura comunista que pretendían preservar. Sus carros blindados, que tan eficazmente aplastaron la sublevación húngara en 1956 y la Primavera de Praga en 1968, no consiguieron otra cosa que triturar a un par de civiles en una falsa maniobra, que Yeltsin les saltara encima y hacer cisco las aceras de Moscú, antes de retornar a sus cuarteles como ovejas al redil.

Tanques del Ejército Rojo ante el Kremlin, en el fallido golpe de estado de 1991.

Sus agentes del KGB, vástagos de aquellos genios de la tortura capaces, entre otras fechorías, de obtener «confesiones» como las que asombraron a la Humanidad durante los procesos estalinistas, ni siquiera acosaron a Gorbachov para convencerle de la necesidad de declararse culpable, arrepentirse y colaborar.

Su Policía, que durante siete negras décadas arrestó a millones de ciudadanos y los confinó en el Gulag siberiano sin dejar rastro, no encontró a Yeltsin en casa, cuando se presentó a capturarlo a las 06.30 de la mañana del lunes 19 de agosto.

Para mayor escarnio, los golpistas formados en la más pura escuela del marxismo-leninismo se olvidaron de los puntos esenciales del catecismo bolchevique.

En vísperas de la Revolución de Octubre de 1917, bajo el título «Consejos de un ausente», Lenin escribió que para triunfar en una insurrección armada es necesario apoderarse «cueste lo que cueste» del teléfono, el telégrafo, las estaciones de ferrocarril y los puentes.

Yanaev y los suyos, además de no controlar nada de lo anterior, dejaron operar libremente a las televisiones extranjeras y se prestaron a una rueda de prensa, en la que algún corresponsal europeo se permitió el lujo de descuajaringarse de risa ante sus narices.

Ni siquiera se preocuparon de imitar el modelo que ellos mismos aplicaron con éxito al menos cuatro veces en Afganistán, en tiempos de Leónidas Breznev, o de echar mano de alguno de los tratados escritos por estudiosos occidentales como Técnica del golpe de Estado del italiano Curzio Malaparte o Coupe d’Etat, theory and practice del británico Edward Luttwak.

Según los expertos, la hora más recomendable para iniciar la rebelión se sitúa entre la medianoche y las 03.00 de la madrugada, cuando las personalidades a neutralizar duermen.

El día ideal es un sábado, porque el descanso del fin de semana impide a partidos y sindicatos movilizar a sus fieles en sedes políticas o lugares de trabajo.

Es imprescindible actuar con celeridad y elegir con precisión los objetivos: radio-televisión, aeropuertos, pasos aduaneros, nudos de autopista y edificios simbólicos. También ocupar los locales y lugares donde pueden aglutinarse los opositores.

Inmediatamente después hay que anunciar la creación de un «Consejo Nacional» integrado por civiles y militares y encontrar alguien que sepa escribir y leer mensajes explicando a la atónita ciudadanía y al mundo que «todo está tranquilo y bajo control».

Si se exceptúa que pusieron en marcha su desmañada operación en fin de semana y que eran civiles y militares, no hay un solo aspecto en la intentona de Yanaev y sus compinches que se ajuste a las normas básicas de un golpe de estado medianamente elaborado.

Fracaso del golpe de 1991, conocido en Rusia como ‘el putsch de agosto’.

Aprovechando que Gorbachov se encontraba en Crimea, los conjurados se reunieron el sábado 17 de agosto en Moscú, para dar los últimos toques a su plan.

El encuentro tuvo lugar en una lujosa «dacha» del KGB, a las afueras de Moscú, 15 kilómetros al norte del Kremlin, que durante años ha sido utilizada por el espionaje soviético para alojar discretamente a sus huéspedes extranjeros.

La villa está semioculta en un pequeño bosque, a medio camino entre la ciudad y el aeropuerto de Sheremetevo.

El ojeroso Vladimir Kriuchkov, en funciones de anfitrión, insistió repetidas veces en que no habría filtraciones. Por alguna razón todavía no revelada, los implica-dos estaban sinceramente convencidos de que Gorbachov se uniría a ellos o que al menos no se opondría a su jugada.

Daban por sentado que los tres pilares tradicionales del poder soviético, el Ejército Rojo, el KGB y el Partido Comunista, seguirían ciegamente sus órdenes.

Partían del supuesto de que a pesar de los seis años de glasnost y perestroika gorbachoviana, la ciudadanía no osaría lanzarse a la calle a pecho descubierto para defender al desprestigiado secretario general y sus confusas reformas.

Este último punto fue probablemente lo que les indujo a un error de bulto: anunciar públicamente su maniobra un lunes. El calendario no fue su único desatino.

Boris Yeltsin ondea la bandera rusa, arengando a la multitud que se opone al golpe comunista de 1991.

Dos de sus predicciones resultaron equivocadas: Gorbachov rechazó sumarse al golpe y agentes del KGB y buena parte de los militares, en concreto los oficiales de la Fuerza Aérea y de unidades especiales como OMON (las aterradoras, pero mal entrenadas tropas del Ministerio del Interior), se negaron a amotinarse.

Los conjurados únicamente acertaron plenamente en un detalle: la inmensa mayoría de la población soviética permaneció indiferente o se encerró prudentemente en casa.

La gente ni siquiera siguió el llamamiento a la huelga general lanzado por Yeltsin.

La historia de la KGB: represión, tortura y miedo en la URSSPD

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Autor

Alfonso Rojo

Alfonso Rojo, director de Periodista Digital, abogado y periodista, trabajó como corresponsal de guerra durante más de tres décadas.

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