Charo Zarzalejos – Lo que nunca imaginamos.


MADRID, 25 (OTR/PRESS)

Vivimos tiempos oscuros en los que están ocurriendo acontecimientos que nunca imaginamos. Rubalcaba dice que el discurso de Rajoy pregonando nuestras ingentes dificultades económicas es una estrategia de comunicación puesta en marcha con el único objetivo de que el presidente del Gobierno, ocurra lo que ocurra, siempre quede bien. Ojalá fuera así. Ojalá se tratara de algo calculado, de una ensoñación del Gobierno, de una conspiración diabólica para tenernos asustados y por tanto reversible cuando el presidente considerara oportuno para sus intereses.

Ojalá fuera así, porque significaría que todo es un mal sueño inducido por unos estrategas perversos. Pero no, vivimos tiempos oscuros. Se viven en las casas de los españoles en las que muchas previsiones se han hecho añicos, en el ánimo de muchos jóvenes «suficientemente preparados» sin atreverse a hacer planes de futuro porque el presente se les agota en el constante envío del curriculum, y en muchos padres que ya tienen la certeza de que sus hijos no van a vivir mejor que ellos. De los tiempos oscuros se sale, pero nunca imaginamos vivir lo que estamos viviendo porque se trata de algo más profundo que una crisis de liquidez o del problema que supone un déficit desbocado. No, estamos en los albores de un nuevo tiempo, de un nuevo estilo de vida, de una forma distinta de encarar el presente e imaginar el futuro. En estos tiempos nuevos, que vendrán a continuación de los tiempos oscuros, habrá otros referentes, la escala de valores probablemente será distinta y más nos vale no poner resistencias estériles. «La España que hemos conocido no volverá» dijo Rajoy en el debate de investidura y tiene razón porque los ciudadanos de a pie y no tan de a pie lo sentimos en nuestras carnes y lo vivimos en nuestras casas.

Puestos a referir lo que nunca imaginamos, ¿alguien podía imaginar hace tres o cuatro años el paseíllo de Urdangarin y lo que ello supone para la Corona?. Pues aquí está una realidad inimaginable que afecta -se quiera o no- a una institución como es la Monarquía que desde hace meses vive un auténtico via crucis y que se plasma en los periódicos, en las tertulias y en no pocos libros. No hay dique -ni debe haberlo- que pare la veda abierta que ha puesto en cuestión la ejemplaridad exigible y que, en gran medida, se daba por supuesta.

Pues no, no hay que dar nada por supuesto, ni nada por seguro. Hay quienes sostienen que poco a poco vamos perdiendo derechos. No me atrevo a discutirlo pero lo que si es seguro y cierto es que las certezas se han diluido, están en camino de extinción y tengo para mi que nada de lo que nos está ocurriendo nos lo habíamos imaginado.

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