Pedro Rizo: «El espino albar de Francisco»

Pedro Rizo: "El espino albar de Francisco"

Los progresistas renacidos en el CV2 esquivan toda crítica arropándose, ‘tan tradicionales’ ellos, en el mandato de no juzgar para no ser juzgados (Mt 7, 1; Lc 6, 37). Sortean así otros pasajes del Evangelio que iluminan éste, por ejemplo: juzgar por los frutos. (Lc 6 43) Y es que “no juzgar” se refiere a no condenar; que se aplica a no meternos en terrenos de Dios. Lo cual no elimina nuestro deber de “tener juicio”, mirar a izquierda y derecha para evitar que un camión nos atropelle al cruzar la calle.

Uno de los cánceres más antiguos, más agudo ahora después de un Sínodo cuyos esquemas nos dejan estupefactos y, mucho antes, por la sombra gris llamada Cardenal Godfried Daneels, y muy de ahora por el Prepósito de los Jesuitas, Sousa Abascal, es creernos que el Magisterio debe interpretarse por un club de ocupantes ajenos, cuando no enemigos, del propio Magisterio. El actual sucesor de Pedro que cada vez que abre la boca la Iglesia pierde un sello de su moral, es el claro avance de esta toma, casi ocupación militar, con destituciones y podredumbre de gobierno. Parece cada vez más que el Magisterio se arbitra por un club exclusivo con sus reglas de tenidas y talleres.Y muy poco o nada bajo la inspiración del Espíritu Santo. Franquicia que vemos reeditada por los más libertarios clérigos hijos del último concilio. Y dado que los extremos se tocan, acaban siempre en dos clases de sacrilegio: o como liberacionistas con metralleta, o teología y moral emanadas de una peña de casino.

Al católico de la calle se le ha llevado a creer que opinar sobre temas religiosos sólo corresponde al clero. Pero eso no es verdad. Y menos todavía que la Iglesia hayamos de convertirnos en “fieles del clero”, pues que no es el clero el que nos destina a la eternidad sino Jesús muerto en la cruz. Sin embargo… A lo largo de la historia el cristiano común se mantuvo fiel, aun bajo múltiples tempestades, gracias al clero que le predicó la fe y sus principios morales. Fundados en esta realidad de miles de ejemplos, podemos hablar a los eclesiásticos no como jansenistas, sino como fieles instruidos por la equitativa doctrina de la Iglesia, «unión de todos los cristianos regidos por Cristo y el Papa, su vicario». (cf. Catecismo Ripalda) No olvidemos a San Agustín: “Donde está Pedro está la Iglesia.” Porque en ‘Pedro’ se entiende la unión con Cristo, la memoria de su doctrina, el fundamento de nuestra eternidad… Y el Papado un cargo que puede estar asignado a un maleante. (Adjetivo adecuado por su aplicación a “persona que vive de forma marginal cometiendo acciones delictivas”.)
¿Conoce usted el espino albar?

Si lo miramos de , nos embelesa su frente florido de inmaculada blancura pero, si intentamos meter en él la mano, sus agudísimas espinas se hacen notar en nuestra piel. Y con sangre. Detrás de esas flores níveas una mata de tallos intrincados impide el paso de la luz, proliferando en su umbría gran cantidad de bichos y parásitos. Es por eso que el jardinero, provisto de guantes, cuida periódicamente del espino albar aligerándolo para que se oxigene y evitar que se pudra todo el macizo.

La Iglesia es también como un gran espino albar. Sobre todo hoy, con los nuevos huéspedes de su Sede que afilan sus púas contra quien se atreva a señalar la ruina de sus mentiras…
Así ocurrió muchas veces en su historia, pero tales acciones jamás antes alcanzaron grados de tanta insolencia disolvente. Son estos nuevos libertarios, insertos en el vicariato del cielo, los mayores metijones, y los más consentidos críticos en cualquier oportunidad en que se les discuta la legalidad de sus audacias. Véanse, si no, los nuevos medios de comunicación digital, o de Internet, donde los autollamados progresistas –dime de qué presumes y sabré lo que no eres- siembran en miles de fieles, incluidos frailes, monjas y párrocos, constantes gotas de ramplonería y relativismo.

Acabo de repasar una nueva “Historia de los Papas” en la que el autor desliza gratuitas descalificaciones contra las figuras conservadoras. Sin que el contexto lo justifique ensombrece la figura de San Pío X, del que dice que «su canonización no fue universalmente aceptada» (¡!) ¿Acaso debían aplaudirlo los personajes que él excomulgó o suspendió por sus heréticas conductas como, por ejemplo: Buonaiutti, o el propio Roncalli, pocos lustros después proclamado «Nuncio Bueno y Papa Bueno» para las logias parisinas y americanas? El «historiador» llama en página posterior “representante del más rancio inmovilismo” al que fuera Arzobispo de Génova, Giuseppe Siri. Donoso resulta tachar a nadie de inmovilista desde una institución que sólo se justifica si conserva intacta una fe y una moral con más de dos mil años de vigencia.

La libertad de crítica ha existido en la Iglesia desde su inicio. (Mt 18, 15). Precisamente, los cristianos nos hemos distinguido de las otras religiones en el uso de nuestro derecho de crítica en todo lo que se aparte del Magisterio; lo que no es poca libertad ni pequeña responsabilidad. Con este propósito San Pablo enseña:

«(…) guardaos de tener parte en las obras de las tinieblas, antes bien, desenmascaradlas y reprochadlas.» (Ef 5, 11-ss)
Es muy relevante que en este inseguro tiempo  la mayor desprotección de la Iglesia provenga de la falsísima idea de que el mundo clerical es intocable, más aún infalible. A riesgo de que se escandalice algún lector hay que subrayar que eso es mentira. En tanto que llamados a predicar el Evangelio y los dogmas de él salidos, si se creyeran libres de difundir interpretaciones desviadas nosotros estamos obligados a no admitírselo. Pero resulta que hemos llegado al absurdo de que el mínimo lego se manifieste en su hornacina como si poseyera una sabiduría infusa.

Porque, justamente arropados por San Mateo podemos prevenirnos de que nuestros peores enemigos son los domésticos. (Mt 10, 36). Esto es, los de casa, los que viven entre nosotros y de nosotros. Y perdida estará la Iglesia si relaja la obligación de juzgar, en el sentido que Jesús nos lo apuntaba. «Cuidaos de vosotros mismos.» (Lc 17, 3). Nadie mejor que los fieles libres de organigramas, destinos y beneficios para señalar allí donde el error se posiciona. Es un deber de la fe y de ayuda a nuestros obispos, desde el más olvidado hasta el Papa.

Se trata del error o la herejía definidos por el Magisterio solemne y perpetuo. No, por supuesto, la ocasión circunstancial sino cuando el daño a la fe amenace instalarse y transmitirse a nuevas generaciones. Es entonces cuando debemos usar de nuestra independencia para decir cosas que no siempre puede decir el clero diocesano o regular; bien porque no es libre, al temer una destitución o castigo (obviada la falta de dignidad); bien porque consintió reprimirse en cómoda obediencia, en tanto que alias de ‘conveniencia’. Desde luego que no es esto lo que nos define como Iglesia. El “yo obedezco y eso me basta” es crasa estupidez.

Por otra parte, señalar contradicciones con la fe siempre creída no es cismático ni jactancia. Ni mucho menos herejía, como cuela un editorial del Opus Dei acerca de los católicos adictos a la hoy llamada Misa de Rito Extraordinario. Todo lo contrario, no señalar esas contradicciones es aprobarlas, y por ahí no se pasa… Halagar a una autoridad que traiciona al cielo es un yerro escondido en la disciplina. Y en la insuficiencia mental. Criticar es obligado en todos los fieles para ponerse de parte de quienes salvaguardan la fe invariada. La crítica obliga al estudio previo, a un fondo de fe secular, al análisis equilibrado, ayuda a abrir los ojos – «El que los tenga para ver, que vea» (Mc 8, 18) – además de reforzar principios esenciales de nuestra civilización.

Un relevante jesuita, que ejerció en el Vaticano durante los pontificados de Juan XXIII y Pablo VI, se justificaba de sus denuncias en que ninguna ley ni teología ni prudencia puede hermanarse con el silencio hacia síntomas atronadores
«(…) de cinismo e indiferencia, de fechorías e infidelidades en cargos de responsabilidad, de despreocupación por la doctrina correcta, de negligencia en juicios morales y de desidia en la guarda de principios sagrados».

Por tanto, es alevoso callar mientras que células de progresismo marxista campan todavía en numerosas diócesis – porque sus obispos son de esa adscripción partidista aun a sabiendas de su procedencia – con autoridad impostora y, por consiguiente, violenta hacia los católicos fieles a la Tradición. (cf. 2 Tes 2, 15)
Respecto a la importancia que los cristianos dieron enseguida a la Tradición, ya las cartas de San Pablo nos lo hicieron saber, en particular la dirigida a su discípulo Tito (Tito 1, 10-16)
«Porque hay muchos insubordinados, vanidosos charlatanes y seductores, especialmente “los de la circuncisión”, a quienes es preciso tapar la boca; hombres que revuelven casas enteras – ¿órdenes, conventos, seminarios, conferencias episcopales…? – enseñando lo que no hay que enseñar por codicia de sórdida ganancia. (…) siempre embusteros, malas bestias, panzas holgazanas. Este testimonio es verdadero. Por esta causa repréndeles severamente, para que se conserven sanos en la fe no dando oídos a las fábulas judaicas y a preceptos de hombres que vuelven la espalda a la verdad. (… ) No hay en ellos nada limpio, antes están contaminados de mente y conciencia. Hombres descalificados para toda obra buena, que hacen profesión de servir a Dios pero reniegan de Él con sus hechos.»
En más diócesis de lo imaginado, entre el obispo, aún los honrados, y sus diocesanos no hay transmisión afectiva, ni voluntad correctora ante los estragos litúrgicos. Lo son que se siga ocultando el fulgor de Cristo igualándole con líderes de este mundo, usándole como estandarte político hasta la mentecatez pluralista; lo son que se les conceda el Nihil Obstat o simplemente que en librerías católicas se vendan autores que influyen para afirmar en sus homilías: “Nosotros predicamos el materialismo histórico”. Informar esto tras la lectura del Evangelio es felonía tan miserable que el corazón no tiene caudal de desprecio para corresponder. Esa gente, y más si bajo las alas de una sede apostólica, como Madrid, es canalla infame que no puede ser tratada con buenismos de avestruz. Hay que hacerle frente, combatirla, desautorizarla, echarla fuera de la Iglesia de San Pedro y San Pablo. Porque aun estando «entre nosotros no son de los nuestros», como advirtió San Juan (1 Jn 1, 19) acentuando que incluso debemos negarles el saludo (2 Jn 10) . No es comprensión humanitaria respaldar sus aventurismos en un trato al Santísimo Sacramento que ni los protestantes se atreven en sus oficios. No se defiende el magisterio silenciando las ofensas a la doctrina de los Apóstoles; ni es caridad —¡Dios santo! ¡Caridad!— seguir a religiosos, párrocos y obispos que enseñan el ateísmo militante usando de nuestras casas como cuarteles clandestinos de recluta y adiestramiento. Canallas.
En la “Iglesia posconciliar”, título diferenciador que los progresistas aplican a lo que llaman su Iglesia, se produjeron demasiados hechos vandálicos con absoluto desprecio al derecho de los fieles.

Fueron tantos desmanes y tan opuestos al propósito del CVII que ni Stevenson los hubiera imaginado para su Mr. Hyde. Y no sería grave si fuera pretérito. Lo malo es, repito, que la actualidad sigue alimentando la alarma, vencido el tímido y meritorio intento corrector de Benedicto XVI. Intento que le costó la renuncia, como se sospecha.

Cerremos este muro de lamentaciones con el consuelo de que si se cumple que «los hijos de las tinieblas son más sagaces que los de la luz» (Lc 16, 8), también debemos sostener que nuestra lucha no es ya contra sangre y concupiscencia sino «(…) contra principados, contra potestades, contra los poderes de un mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de la maldad en las regiones celestiales». (Ef 6, 12)  (Mt 24, 13)

Expulsar a los cuatreros, denunciar y señalar a los lobos con piel de oveja (Mt 7, 6; Jn 2, 14-15) es deber intrínseco, esencial, de todo bautizado y en especial de aquél que recibió el mandato de guardar el rebaño de Jesucristo. (Jn 21, 16-17)

«Ser es defenderse.» (Ramiro de Maeztu)

La crítica es una necesidad y, por ende, un derecho y así se define por el Magisterio y las leyes eclesiásticas. Este articulista persigue ejercerla ajustándose lo más posible a la acepción de la Academia de la Lengua: (…) juzgar de la bondad, la verdad y la belleza de las cosas.

Un solo ser humano que sabe criticar no puede ser manipulado. No dejarse manipular es ser libre, virtud siempre ligada al juicio de la realidad. Además de que no criticar, pasar de «estas cosas», o es ignorancia culpable, o falta de sentido viril. Creo con SanJuan que es preferible que los perros nos ladren como a leprosos a que Dios nos vomite por tibios. (Ap 3, 16)

La crítica a un grupo de gestores, o a la propia gestión, siempre protege y revitaliza a la Institución. De ahí que entre los que dicen que criticar es falta de amor a la Iglesia suelen ser “los que creen que ellos son la Iglesia” y que la generalidad de fieles sólo es la “clase de tropa”, que debe callar disciplinadamente ante sus delitos.

Es sabido que la prudencia de los fieles la aprovechan los herejes para hacer creer que la Apologética es una regla que debe aplicarse a su solo provecho. Nada que sorprenda de los siempre dispuestos a trivializar lo sagrado sin que les sofoque sacralizarse a sí mismos.

Tenemos delante de nuestros ojos que la Iglesia ha sido tomada por los inveterados enemigos de su Fundador. Y el naufragio se ha consumado por la autoridad del propio timonel, el papa en funciones. “Debemos lograr colocar en el pntificado un papa nuestro para que los católicos creyendo seguir al Papa nos sigan realmente a nosotros.” Lo poco que queda para ser libre en tal situación es la Iglesia seglar, la de los fieles ajenos a seminarios y noviciados (llamados) progresistas. Por eso, para minusvalorarnos se nos tilda faltos de preparación… ¿Pero de cuál?

Las estadísticas dicen que el conjunto de los fieles, la Iglesia enseñada, sabe mucho más de lo que parece. Para empezar, huir de los inventos pastorales del progresimo. Incluso, como muestran las estadísticas de los últimos lustros, sabemos no acudir a las iglesias, desconfiar de sus novedades en la administración de sacramentos tan esenciales como la Eucaristía, la Extrema Unción y el de Penitencia. Y, como la estadística enseña, sabemos pasar de curas y monjas, “olvidando” hacer el aspa en las declaraciones de impuestos. Y en la colecta de cada domingo dar menos de lo que cuesta un café. ¡Sabemos muchísimo!
Hombre, ahora es oportuno recordar al Cardenalísimo Tarancón, que dijo era muy bueno para la Iglesia “una pasada por el Socialismo”, dando a Felipe en 1982 el mayor éxito electoral jamás obtenido para los socialistas. Pues, ¡hala! A seguir con la pasada que ahí esperan las inmatriculaciones.

Final
Salta a la vista que lo que hace de la historia de la Iglesia algo milagroso no es que la formemos seres superiores, sino siervos inútiles de un Dios inabarcable. Estas quejas que son de amor no mancharán la impresionante belleza del cristianismo que ha llevado ya muchos millones de almas al seno del Padre y Creador.

Ser siervos siempre inútiles de ningna manera altera un programa de excelencia. Al menos en la selección de sus hombres de gobierno pues que Cristo merece recibir todo honor y toda gloria. Algo que por aquella engañadora elección «desde orígenes humildes» (Juan XXIII), le hemos negado, en retrueque a tan limpia virtud, los frutos de la sinceridad, del esfuerzo y del valor. Aquel “Papa Bueno” – bueno en demagogia, bueno para los mentirosos que explotan y viven de una falsa caridad- olvidó que «a Dios sea dado todo honor y toda gloria». Para ofrecerle lo más sano, esforzado y selecto de la sociedad humana. Cristo mismo nos lo enseña en la terrible parábola de las bodas. A un invitado zochas y desatento lo echan con este mandato: «Atadle de pies y manos y arrojadle a las tinieblas de allá fuera; allí será el llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los elegidos.» (Mt 22, 11-14)

¿Muchos… ? ¿Todos … ? ¿Pocos…? ¡Hum! Materia para otro artículo.

Cristianos vs católicos, según demuestra Hillaire Belloc en su magnífico “Las grandes Herejias”, porque no puede haber diversidad de credos, sólo uno es cristiano.

Malachi (Malachias) Martin. Todas sus obras se encuentran en el portal de IberLibro. Especialmente: “Yo expulsé a Satanás” –que inspiró la pelicula “El Exorcista”-, “El Cónclave”, “El último Papa”, “Las llaves de esta sangre”… Este P. Jesuita, secretario que fue del Card. Bea, murió atropellado en Nueva York, Manhattan. https://www.google.com/search?q=Malachi+Martin+muerte&oq=Malachi+Martin+muerte&aqs=chrome..69i57.12244j0j8&sourceid=chrome&ie=UTF-8

Documentación requisada en logias intervenidas por el gobierno del Mariscal Petain. (Ref. “La cara oculta de la Historia”).

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