Carmen de Soto: «Covid-19: una situación inesperada»

Príncipe Juan Carlos, boda en Atenas

A todos nos ha afectado de un modo concreto esta abrumadora epidemia. Escribo estas reflexiones con conocimiento de la situación actual y dolor por aquellas personas que han sido víctimas mortales de este minúsculo e invisible asesino, entre ellas mi querido primo Borja Domecq Solís, con quien estuve hablando pocos días antes. Para todos ellos, ofrezco sufragios y confío en la misericordia de nuestro Padre Dios.

Las costumbres nos han cambiado de un plumazo, pero se nos ofrecen oportunidades únicas para salir adelante y ayudarnos unos a otros en la medida de nuestras actuales posibilidades, dando lo mejor de sí.

¿Quién nos iba a decir que podríamos asistir a la misa privada de nuestro queridísimo Papa Francisco? Se nos ofrece la posibilidad de apoyar la petición que cada día hace, y beneficiarnos de la bendición con del Santísimo expuesto en la custodia, al final de la misa. Sus homilías nos llevan a vivir como un único corazón y alma. Esa unidad, vale más que todo lo humano o material que podamos imaginar.

La situación de aislamiento forzoso nos lleva a pensar en todas las personas queridas, aquellas que pueden estar en una residencia de mayores, con los cuidados y peligros; aquellas que se encuentran en situación de riesgo; aquellas con las que tenemos contacto asiduo, gracias a los medios tecnológicos; aquellas a quienes estamos agradecidos, por una u otra razón. Y en estas últimas quisiera hacer alguna reflexión. Me refiero a SS MM Los Reyes Don Juan Carlos y Doña Sofía. Respeto el modo de actuar de nuestro actual Rey de España, S M Don Felipe VI. La situación presente me lleva a recordar algunas actuaciones y declaraciones “del Rey de Reyes”. Padre de todos los seres humanos, que quiere a cada uno con Amor infinito, y siempre es fiel.

¿Cuántas veces he de perdonar a mi hermano, hasta 7 veces? “No te digo hasta 7 veces, sino hasta 70 veces 7”. Con esa respuesta, el mismísimo Jesucristo, indica que infinitamente. Es que el justo cae 7 veces. Entonces… ¿Qué es lo que pasa, qué ocurre? Pues muy sencillo, a nada que tengamos nociones de historia y de historia sagrada. Todos tenemos el lastre del pecado original, nadie se libra de ello, solo se libró por deseo amoroso de Dios, la Santísima Virgen María.

Caídas, muchas y de todos. ¿Quién se libra? NADIE. Solo la Santísima Virgen, Madre de Jesucristo. Todos los demás: a caer, a recaer, y caer para volverse a levantar. ¿Pero hay solución? Ya lo creo: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia para no caer. Sí, va. ¿Pero cómo se hace eso? Pues muy sencillo: primero, examinarme, reconocer que he caído. Después experimentar que Dios murió “por mí”, para redimirme del pecado, que me quiere con Amor infinito, y siempre, siempre, me será fiel. Solo es necesario que una y otra vez, quiera rectificar y volver a Él. Arrepentimiento, dolor por haber caído, y deseo de volver a empezar. Puedo incluso tener la certeza de su perdón, acudiendo al sacramento de la penitencia. Nos vale a todos.

¿Qué ocurre en nuestra sociedad? Que todos caemos, muchos no lo reconocen, otros no quieren rectificar. Se olvida que tenemos al alcance de la mano el sacramento de la misericordia de Dios, que además del perdón, nos proporciona fuerza para no caer de nuevo. Por mucho bien que podamos hacer, todos tenemos los pies de barro y caemos una y mil veces; el remedio está en sabernos levantar cada vez que caigamos.

¡Qué fácil es ir tras las caídas de los demás y condenar! Pero tal vez estemos apedreando a quien puede llegar a ser otro santo Rey David, san Pedro, el Buen Ladrón a quien Jesucristo dijo: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. ¿Cabe más seguridad de llegar al cielo? O María Magdalena, san Agustín, etc., etc.

Evitemos las condenas, según nuestro propio criterio y fomentemos el camino hacia la rectificación. ¿Conocemos los atenuantes, o estamos condenando a priori y sin más? Parto de la convicción que todo ser humano tiene derecho a su presunción de inocencia. Recordemos que la difamación puede ser tan grave como la caída que en otra persona “condenamos”, y si no fuera tal caída, derivaría además en calumnia. ¿Lo tengo claro, sé rectificar y devolver la buena fama?

¿Significa lo dicho “tener tragaderas” o padecer cierta ceguera? NO. Significa respetar la dignidad de toda persona humana, y si fuera necesario, hacerle ver su fallo, a la cara, no a su espalda o a través de redes sociales. Si queremos que Dios nos perdone, hemos de saber perdonar. Pero no solo perdonar, dar un paso más y ayudar a que vea su falta y pueda rectificar. Poner el hombro por si necesita apoyarse para levantarse de nuevo. El arrepentimiento vale muchísimo más, ha hecho grandes santos. Y medida de elemental prudencia es descubrir “quien es el campanero”, ver de dónde sale la acusación.

Mi agradecimiento a S M el Rey Juan Carlos por habernos dado a S M la Reina Doña Sofía y mi agradecimiento a S M la Reina Doña Sofía por su fidelidad a nuestro querido Rey S M Juan Carlos I, y a España.

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