F. A. Juan Mata Hernández: «Dulcísimo recuerdo de mi vida»

F. A. Juan Mata Hernández: "Dulcísimo recuerdo de mi vida"

«¡Dulcísimo recuerdo de mi vida…»

Todavía recuerdo con nostalgia y cariño aquellas tardes de finales de mayo, cuando en el patio central del colegio, frente a la Inmaculada de mármol que lo presidía, se escuchaban los versos que despedían a los del Preu. ¿Cómo podría yo, un espíritu ardiente y pragmático, rechazar tal pacto con la Virgen?

—¡No lo vas a cumplir! —escuché su mensaje en mi mente.

¡Qué podría evitarlo! Reiteré mi negativa con un giro brusco de cabeza. Ni siquiera intenté analizar de dónde podrían surgir aquellas dudas que llegaban desde los ojos de la imagen marmórea: habría sido complicado sacarlas del contexto de la oración que el poema del padre Alarcón dirigía hacia el Cielo en nombre de todos: «¿Seré yo también sordo a tu gemir? ¡No! Yo no quiero frutos que envenenan, no quiero goces que a mi madre apenan, ¡No quiero ser así!»… «Jamás sin tu recuerdo he de vivir. Tuya será mi lágrima postrera… ¡Hasta que muera, Madre; hasta que muera me acordaré de ti!». Bajé la cabeza, resignado y confuso, con los ojos húmedos, y pedí perdón por mi futuro. Sé que hay quien piensa que no procede la indulgencia porque nadie es pecador, pues el pecado es una respuesta natural de la debilidad humana. Pero yo pienso que es la ofensa al precepto divino, que ha marcado en nuestra mente una moral natural de comportamiento, lo que nos hace sentir pecadores. Si no fuera así, nadie tendría que pedir perdón por nada, los agravios a otros, resultarían gratuitos y la convivencia insoportable.

No quiero profundizar en la experiencia personal que, como introducción, les he dedicado. Dar la espalda a María, la rosa mística, puerta del cielo, como describe la letanía del rosario, sería mala factura cuando el sol está ya en el poniente de la vida. Pero es que además, hemos tenido la fortuna de nacer y vivir en un país que adora a la Virgen.

«¡Hasta siempre España!, ¡Hasta siempre, tierra de María!» Así se despidió el papa Juan Pablo II, con ocasión de la última de sus visitas a nuestro país. Es una clara demostración, de que la devoción a las diferentes advocaciones de la Virgen, que arrastran pasiones por toda España, se impone sobre la leyenda negra que aún muchos extienden sobre la historia, maravillosa a veces y heroica las más, de nuestra patria. Por cierto, aquel Papa no pareció apreciar en nuestro país signo alguno de violencia, como argumento falaz que se esgrime ahora desde Roma, para justificar el deseo de no visitar nuestra tierra. El pueblo, quizás, que más ha defendido desde tiempo inmemorial y, muchas veces a costa de su propia sangre, a la Iglesia, al Vaticano, y a sus miembros y jerarquías más representativas. Aquella sí fue violencia, tan propiciada y bendecida como las Cruzadas hacia Tierra Santa. Me pregunto con coraje si es posible que este tipo de opiniones, confusas y de doble sentido, se expresen a consciencia del daño que provocan. Quizá se ha podido ceder ante un sentimiento subjetivo de los que le asesoran. No lo sé, pero me duele y siento piedad por ambos, pero también inquietud por nosotros mismos.

Desde la distancia te miro, Madre, y siento una duda terrible y dolorosa: el instintivo recuerdo de aquel poema, que recitaba siempre el Príncipe del Colegio, y la irremediable duda por que aquellas estrofas formaran parte de una premonición que ahora aflora entre el baussant blanco y negro de nuestra Iglesia. Pero me resisto a creer que podamos estar solos para “luchar en religiosa lid”, y me apoyo para ello en esta otra: «¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida! Siempre que luche en religiosa lid, siempre que llora mi alma dolorida, al recordar mi adiós de despedida, ¡te acordarás de mí!». España tiene en su corazón a María Inmaculada, y poco podrán las fuerzas de la Tierra contra ese amor incondicional.

Me distraigo y os distraigo. Mi pensamiento se centra en algo que no tendría mayor importancia si no fuera porque afecta a mi sentimiento de español, europeo y pangeista; un modo de ver la vida que rechaza cualquier atisbo de ataque a esa trilogía identitaria; y eso es lo que yo he creído leer en la denuncia pro secesionista que aparenta la confusa afirmación de: “Iré a España cuando haya paz”. Todo, por supuesto, desde el respeto debido a quien pronunció esa desafortunada frase, todavía sin aclarar, pienso que es una incursión política, amén de carente de razón y sin argumentos, desequilibrada, injusta y a favor de parte.

Pero sigamos con nuestra Madre, la Inmaculada: «Tota pulchra est Maria». Hubo un tiempo, no muy lejano, en que el patronímico con que los padres bautizaban a sus hijas en España solían comenzar con el de María. Este fervor abarcaba la convivencia diaria al punto que era costumbre saludar al ir a confesar, o al llegar a una casa con un: “ave María purísima”; a lo que se respondía desde el interior: “sin pecado concebida”. Luego, aquella moda cambió, y llegaron las denominaciones, con referencias diversas a heroínas, diosas, lugares, o flores; aunque la devoción a la Virgen se mantuvo. El sentimiento, evidentemente, no esgrime razones metafísicas, se mueve por el impulso del corazón, y poco importa si la lógica humana cuestiona ese dogma. Se proponen argumentos mucho más elevados que nadie podría discutir. Se trata de un simple silogismo: Si María es madre de Dios, y Dios llenaría de gracia a su Madre por el hecho de serlo; el resultado lógico es que María contase con todas las perfecciones, entendiéndose como una de ellas, estar libre del pecado original desde su misma concepción.

En cualquier caso, viene de antiguo el fervor que relaciona a España con la Inmaculada Concepción. Parece que la festividad se remonta a la España visigótica bajo el reinado de Chindasvinto, tras el VII Concilio de Toledo del año 646. Fue entonces cuando al obispo San Ildefonso ordenó fijar la celebración a la Inmaculada, que se convirtió en día de precepto para toda España mil años más tarde. Así, el XI Concilio de Toledo daba el título de «Defensor de la Purísima Concepción de María» al rey visigodo Wamba.

Un argumento mariano a favor de la unidad de España sería también que esa vinculación histórica de la Inmaculada con nuestro país se consolida con la creación de numerosas cofradías creadas en su honor y, significativamente, la más antigua es la de Gerona que se formó en 1330, bajo el reinado de Alfonso IV el Benigno, Rey de Aragón y conde de Barcelona, un siglo antes de retornar la unidad de España con el matrimonio de los reyes de Aragón y Castilla. La fiesta de la Inmaculada fue fiesta de precepto y patrona de España desde 1644, casi dos tercios de siglo antes que el papa Clemente XI extendiera la obligación a toda la Iglesia. También es patrona del Arma de la Infantería española en conmemoración al milagro que otorgó en Empel una gran victoria a los tercios españoles de Flandes.

Quisiera terminar este artículo con la petición que contiene la última estrofa del poema del Padre Alarcón:

(…)
Tu en pago, Madre, cuando llegue el plazo
de alzar el vuelo al celestial confín,
estrechándome a ti con dulce abrazo,
no me apartes jamás de tu regazo.
¡No me apartes de ti!

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