Francisco Javier de Lucas

Consecuencias de la erística contra la heurística

Consecuencias de la erística contra la heurística
Javier de Lucas. PD

Nos gustará más o menos esta democracia un tanto sui géneris, pero hemos aprendido a convivir, con ciertas excepciones, los unos con los otros. Excepciones que todo tiene que ver con el tiempo, porque éste, su velocidad, es la que le hemos impelido, según apremie la angustia producida por la ambición sana; al fin y al cabo, esta ambición es la que llamamos progreso. Un progreso que convendría ralentizar para menor sufrimiento de las generaciones pasadas, ya maduras, y mayor felicidad de las actuales y venideras; porque cada hito alcanzado conviene asimilarlo y disfrutarlo para no sucumbir ante el vértigo de escribir la historia contra reloj.

Nos dirigimos hacia el abismo de una forma inexorable. Y como no seamos capaces de enfriar la situación parándonos a dialogar sin vetos ni odios ancestrales, sin resentimientos ni exclusión alguna, es casi seguro que el arduo trabajo de décadas será no ya sólo estéril, sino que degradaremos nuestra convivencia hasta un extremo de llevar a nuestra democracia hacia unos derroteros indeseados e indeseables.

El movimiento del 15M es una consecuencia de una demencial deriva de nuestros gobernantes. Porque, ya desde el principio de la democracia, la corrupción, el tráfico de influencias, en nepotismo, las exacciones, las arbitrariedades, las diferencias sociales, la desigualdad ante la ley, el gasto público incontrolado, han creciendo ante nuestra perplejidad de forma escandalosamente continuada; hasta que, como era de prever, llegó ese momento de hartazgo que siempre, tarde o temprano, secunda al abuso de poder y a la indolencia. Después vienen las lamentaciones; la aparición de activistas iluminados, sean del signo que sean, que traen aire de esperanza a la tan maltratada ciudadanía…

Ese movimiento inquietó a los políticos, pero no lo suficiente como para que enmendaran la plana de forma expeditiva y radical; más bien al contrario, todo parecía contaminarse cada día más de lo que ya parecía insuperable. Era evidente que el alterante bipartidismo político parecía ser la razón de tales desafueros; y con la aparición de otros partidos y tendencias la lacra de la perversa alternancia, parecía desvanecerse ante el sueño tranquilizador de la limpieza y la alternativa plural en ese marco; así se abría toda esperanza hacia la regeneración mediante el diálogo. Tal era ya el, disgusto y la indignación de la ciudadanía, que millones de españoles confiaron en que el 15M sería un catalizador para la renovación y reconstrucción del buen hacer político. No fue así.

Y lejos de ser así, el tiempo, que todo lo pone siempre en su sitio, mostró la peor y más decepcionante cara del «poder» (capacidad de logro por derecho propio) enmascarado en un activismo subversivo que parecía ya imposible en el corazón de una Europa abierta y libre. Suele ser frecuente, sobre todo en política, que una expectativa ilusionante vire hacia la desesperanza más infecunda. Sin embargo, ha sido necesario todo lo acontecido; porque, de no haber ocurrido, nuestra política hubiera seguido actuando libremente en el gran teatro de la mentira y del engaño a la ciudadanía, en el que se había convertido.

No queríamos bipartidismo. Queríamos pluralidad y diálogo. ¡Menudo chasco! Resulta increíble, pero es cierto. Quién diría que hemos pasado cuarenta años de dictadura franquista; y tras eso un calvario de otros cuarenta para por fin ir consolidando algo que se parece a una democracia, y volvamos a retroceder a épocas olvidadas en el tiempo.

Pues bien, ahora tenemos un pandemónium que, lejos de amainar, arrecia en enfrentamientos en una carrera hacia el poder como trofeo; y no de dos partidos, ahora de media docena y más…Cada cual culpa al otro de sus fracasos, cada uno le dice al otro lo que ha de hacer sólo con la malsana intención de que, ante su fracaso, poder beneficiarse de los réditos vergonzantes del juego sucio. Y todo, según dicen, porque miran por el bien común de los ciudadanos.

Los españoles hemos madurado y hemos aprendido a valorar con más objetividad, y más allá del lenguaje verbal y gestual, las verdaderas intenciones de los políticos. La dialéctica recurrente es la de ahogar el discurso del otro; en realidad, no porque tengan mucho más que decir, sino porque con su soflama solapan, además de sus vergüenzas, la exposición más entusiasta y limpia que pueda esgrimir el otro.

La dialéctica heurística, tendente al encuentro de soluciones conjuntas mediante la aportación de ideas enriquecedoras, ha quedado definitivamente desterrada de nuestro panorama político.

Contrariamente, el procedimiento utilizado en la dialéctica parlamentaria discurre en torno a la descalificación a ultranza, aunque sea mediante métodos espurios. La dialéctica erística se ha impuesto como sistema engañoso y falaz para vencer sin convencer, sin aportación de argumentos inteligibles ni claros.

El parlamento se ha convertido en algo tan farragoso y desagradable como una junta de vecinos mal avenidos.
Quizá la solución sería exigirles, como a todo trabajador, resultados de sus gestiones en la empresa. Por cierto: y estos señores van a cobrar por no haber trabajado durante seis meses de legislatura inexistente. Bien vendrían esos dineros para hacer frente a una campaña electoral que deberían pagar sólo ellos…
Y a finales de junio, tras las elecciones, tendrán el descaro de irse de vacaciones.

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